Desde que tengo memoria, mi vida siempre fue simple, quizás incluso aburrida para algunos. Vivía en un pequeño pueblo, alejado de las grandes ciudades y de los problemas del mundo. Mi familia era lo más importante para mí: mis padres, trabajadores y cariñosos, y mi hermana menor, la luz de mis días, mi mayor tesoro. Nuestra vida transcurría entre días de trabajo en el campo, risas en casa y sueños sencillos de un futuro mejor. Nunca pensé que el mal pudiera alcanzarnos en un lugar tan apartado, tan... tranquilo.
Pero me equivoqué.
Una noche oscura, sin luna y con un silencio extraño en el aire, nuestra existencia cambió para siempre. Los demonios llegaron sin previo aviso, como una tormenta violenta que arrasa todo a su paso. Nadie los vio venir. Nadie tuvo tiempo de prepararse. Yo no sabía que esas criaturas realmente existían, pensaba que eran solo historias para asustar a los niños, leyendas antiguas que los ancianos contaban alrededor del fuego. Pero no eran cuentos. Eran reales. Eran despiadados. Eran malditos.
Con ojos rojos como brasas ardiendo y sonrisas retorcidas, destruyeron mi hogar, quemaron nuestro pueblo y asesinaron sin piedad a quienes intentaron resistirse. Intenté proteger a mi familia, pero no soy un guerrero, ni un héroe. Solo era un muchacho normal, sin habilidades especiales, sin poder, sin nada que pudiera marcarme como alguien importante. Y por esa maldita suerte o destino, me quedé paralizado, impotente, viendo cómo todo lo que amaba se desmoronaba.
Vi con mis propios ojos cómo mi hermana caía, víctima de esos monstruos. Sentí que mi mundo se quebraba, que la vida ya no tenía sentido. Pero lo que no sabía es que, en medio de ese caos, ella no murió como todos pensaban. Mi hermana... de alguna forma, logró sobrevivir. Pero no fue un simple milagro. Descubrí, tiempo después, que ella hizo un sacrificio. Se ocultó, se entrenó, se fortaleció, y todo con un único propósito: protegerme, proteger lo que quedaba de nuestra familia, y acabar con los demonios que nos arrebataron todo.
Pero su camino no fue fácil. Ella se sumergió en las sombras, luchando desde las sombras, y con el tiempo, desapareció. Dos décadas han pasado desde aquella noche maldita. Veinte largos años de incertidumbre, dolor y vacío. Me convertí en un hombre atormentado por los recuerdos, consumido por la culpa de no haber podido hacer nada, por la pérdida, por la impotencia. Pero también, con el tiempo, mi rabia creció, mi sed de justicia, mi deseo de encontrarla y de saldar la deuda de sangre que esos demonios dejaron pendiente.
Hoy, después de veinte años, mi vida vuelve a tomar rumbo. He decidido buscar a mi hermana. No sé si está viva, no sé si sigue luchando, no sé si queda algo de ella más allá de las leyendas y los susurros que oigo en los caminos. Pero no me detendré. Los demonios creen que ganaron, que destruyeron nuestra vida y nuestra honra, pero están equivocados. Llevo su nombre en mi corazón, su recuerdo en mi mente, y la promesa de venganza ardiendo en mi alma.
Sé que el camino será difícil. Sé que me enfrentaré a criaturas más allá de mi comprensión, a traiciones, a dolor, a verdades ocultas que pueden romperme aún más. Pero ya no soy el niño asustado de aquella noche. El dolor me forjó. La pérdida me moldeó. Y el deseo de encontrar a mi hermana y acabar con los malditos que arrasaron con mi familia me impulsa a seguir.
Dicen que el destino está escrito, que nada puede cambiarse. Pero yo no creo en el destino. Creo en la voluntad, en el sacrificio, en la fuerza que nace del sufrimiento. Mi hermana me protegió cuando era débil. Ahora, es mi turno de protegerla, de buscarla, de enfrentar a los demonios que creyeron que podían destruirnos por completo.
El mundo está lleno de oscuridad, pero también de esperanza. Y mientras quede una chispa de esperanza, seguiré caminando. Buscaré respuestas, aliados, conocimiento. Aprenderé a luchar, a sobrevivir, a vencer. Porque los demonios no solo destruyeron un pueblo; destruyeron familias, sueños, inocencias. Pero no destruyeron nuestra voluntad. No destruyeron mi determinación.
Cada amanecer es un recordatorio de que sigo aquí. Cada noche es un eco de aquella tragedia, pero también un llamado a la acción. No puedo cambiar el pasado, pero puedo construir el futuro. Y en ese futuro, los demonios pagarán por lo que hicieron. Y yo, encontraré a mi hermana, descubriré la verdad detrás de su desaparición, y juntos —si es que aún sigue viva—, acabaremos con los malditos que creyeron que podían quebrarnos.
Mi historia no ha terminado. De hecho, apenas está comenzando. Y juro por mi familia, por mi sangre, por mi hermana, que los demonios conocerán el verdadero significado del miedo. Y cuando llegue ese día, cuando los enfrente, cuando caigan uno por uno... ese será el verdadero final de esta pesadilla.
Porque yo soy el Alfa y la Omega de esta historia. El principio... y el fin.
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